La industria de reuniones produce una contradicción que merece ser observada con atención. Aporta 1.84 por ciento del Producto Interno Bruto de México, genera más de 366 mil eventos al año, sostiene más de un millón de empleos directos e indirectos y mantiene al país entre los líderes mundiales en captación de eventos. Pocas actividades vinculadas al turismo pueden presumir una combinación semejante de impacto económico, capacidad de generación de empleo y proyección internacional. Sin embargo, a pesar de esos resultados, sigue siendo una de las industrias que con mayor frecuencia se ve obligada a explicar por qué es importante.

Si los números son tan contundentes, ¿por qué destinos, hoteles, organismos de promoción y autoridades turísticas siguen asignando una importancia secundaria a una actividad que ha demostrado su capacidad para generar empleo, inversión, conocimiento y desarrollo económico? ¿Qué explica que una industria con semejante capacidad de transformación continúe ocupando un lugar marginal en tantas estrategias de promoción, desarrollo y asignación de recursos?

La industria aprendió a defender su valor hablando de derrama económica, ocupación hotelera, asistentes y consumo turístico. Era lógico. Esos eran, y siguen siendo, indicadores fundamentales para cualquier destino.

El legado más valioso de muchos eventos no aparece en las estadísticas.

La derrama económica importa. La ocupación hotelera importa. El gasto de los visitantes importa. De hecho, cualquiera de esos indicadores debería ser suficiente para justificar una atención mucho mayor hacia congresos, convenciones, exposiciones y viajes de incentivo. Pero incluso después de reconocer ese valor, todavía queda una parte de la historia que rara vez forma parte de la conversación: el conocimiento que se comparte, las alianzas que se construyen, la innovación que se acelera y las oportunidades de desarrollo que surgen cuando miles de personas se reúnen.

Los datos ayudan a dimensionar esa realidad. El más reciente Global Business Events Barometer del Events Industry Council revela que las solicitudes para eventos programados a más de doce meses alcanzaron 122 por ciento de los niveles registrados antes de la pandemia. Mientras el mundo sigue lidiando con incertidumbre económica, tensiones geopolíticas y desafíos en materia de movilidad, miles de organizaciones continúan apostando por reunirse. No porque disfruten gastar recursos en eventos, sino porque consideran que los beneficios justifican la inversión.

Amy Calvert, presidenta y directora general del Events Industry Council, lo resumió recientemente con una reflexión que debería llamar la atención de cualquier destino: los eventos de negocios están siendo reconocidos cada vez menos como actividades o gastos y cada vez más como inversiones en talento, innovación, relaciones y crecimiento comunitario. La diferencia parece sutil, pero cambia por completo la conversación.

Con demasiada frecuencia, el análisis se detiene en cuánto dinero deja un congreso en un destino. Lo interesante comienza cuando observamos todo lo demás que deja a su paso. Obtiene conocimiento especializado. Obtiene relaciones de negocio. Obtiene acceso a redes internacionales. Obtiene visibilidad frente a industrias estratégicas. Obtiene oportunidades de inversión. Obtiene desarrollo profesional para sus comunidades. Obtiene la posibilidad de integrarse a conversaciones globales que de otra manera ocurrirían en otro lugar. Paradójicamente, son precisamente esos beneficios los que menos atención reciben.

En un entorno donde los destinos compiten cada vez más por atraer talento, inversión y conocimiento, seguir viendo a la industria de reuniones únicamente como una fuente de visitantes equivale a competir con una parte de las herramientas disponibles y renunciar voluntariamente al resto.

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Deanna Griffith-House, integrante de la Comisión de Gobernanza del programa CMP y una de las voces que han impulsado la conversación global sobre el futuro de la industria, escarbó con fuerza: si contamos con los datos, conocemos el impacto económico y entendemos el valor social de los eventos, ¿estamos contando esa historia con la fuerza suficiente? Su conclusión es contundente. Ya no basta con demostrar que la industria genera resultados. El reto ahora es comunicar todo lo que esos resultados representan.

Algunos de los profesionales más influyentes de la industria mexicana coinciden en una observación difícil de ignorar. Los resultados están ahí. Los casos de éxito también. Lo que sigue faltando es que esos resultados se reflejen con mayor claridad en las prioridades de promoción, desarrollo y asignación de recursos. Porque si la derrama económica, el empleo y la actividad que genera la industria ya son suficientemente relevantes por sí mismos, resulta legítimo preguntarse por qué el segmento continúa recibiendo una atención menor a la que reciben otras apuestas turísticas.

Las mejores ideas nacen cuando distintas experiencias se encuentran en un mismo lugar

Y quizá ahí se encuentra una de las razones por las que tantas discusiones presupuestales terminan donde terminan. No porque la industria genere poco valor. No porque carezca de evidencia. No porque falten casos de éxito. Sino porque buena parte de lo que produce sigue siendo invisible para quienes toman decisiones. Cuando destinos, hoteles, organismos de promoción y autoridades comprenden el alcance real de la industria de reuniones, dejan de verla como una responsabilidad exclusiva del segmento y comienzan a reconocerla como una herramienta capaz de fortalecer la competitividad del propio destino.

Durante años hemos celebrado los efectos económicos de las reuniones. Ha llegado el momento de hablar también de su capacidad para transferir conocimiento, fortalecer sectores productivos, acelerar innovación y construir ventajas competitivas para los destinos. Porque mientras sigamos describiendo a la industria únicamente por el dinero que deja, seguiremos ignorando una parte mucho más relevante: el futuro que ayuda a construir. Y cuanto antes lo entiendan destinos, hoteles, organismos de promoción y autoridades turísticas, mayores serán las oportunidades de desarrollo que podrán generar juntos.

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