Las industrias no las construyen las instituciones. Las construyen las personas. Con esa convicción nació Historias que hacen Industria, una serie editorial de Panorama Turístico dedicada a las trayectorias que han dejado huella en el turismo a través de sus decisiones, sus riesgos y su capacidad para abrir camino. Después de la historia de Fidel Ovando, continuamos este recorrido con Fernando Mandri, un hombre que renunció a la comodidad para perseguir una idea que terminaría definiendo toda una vida.
Algunas de las decisiones más importantes de una vida no se toman en medio de una crisis. No llegan después de una derrota, ni aparecen cuando las opciones se han agotado. A veces ocurren exactamente al contrario: cuando todo parece funcionar.
A finales de los años noventa, Fernando Mandri era dueño de una empresa de impresión que había construido desde muy joven junto a un primo. Había comenzado aquel proyecto a los dieciocho años y durante una década lo vio crecer hasta convertirse en un negocio sólido, con clientes importantes, veinticinco empleados y la estabilidad que muchos persiguen durante toda una vida. Era una época en la que la impresión offset, la serigrafía y las formas continuas vivían todavía sus mejores años. Había trabajo, había futuro y había una ruta razonablemente clara.
Visto desde fuera, parecía que la historia ya estaba escrita. Lo curioso es que, mientras aquella empresa prosperaba, otra historia avanzaba en silencio. Fernando había estudiado Administración de Empresas Turísticas. Le interesaba el sector, disfrutaba aprenderlo y entendía su enorme potencial, pero todavía no encontraba el lugar exacto desde donde quería participar en él. Esa respuesta comenzó a aparecer en 1995, cuando Sergio Molina, uno de sus profesores, lo invitó a colaborar en un proyecto de consultoría para Acapulco.

No fue una participación estelar. Llegó como llegan quienes están aprendiendo: levantando encuestas, organizando información, procesando datos y observando atentamente a quienes sabían más. El proyecto buscaba replantear el futuro de una parte de Acapulco que comenzaba a mostrar señales de desgaste y que años después viviría procesos de renovación importantes. Sin embargo, más allá del proyecto mismo, ocurrió algo que Fernando todavía recuerda con claridad. Por primera vez descubrió que el turismo podía analizarse desde una perspectiva distinta. Comprendió que detrás de cada destino existían decisiones que afectaban territorios completos, que la actividad turística podía diseñarse, corregirse y orientarse, y que la consultoría le permitía participar precisamente en ese proceso.
Aquel hallazgo fue discreto. No hubo revelaciones cinematográficas ni momentos grandilocuentes. Simplemente apareció una certeza. Y las certezas suelen ser peligrosas porque, una vez que llegan, resulta muy difícil ignorarlas.
Durante algún tiempo convivieron dos vidas paralelas. Por un lado, el empresario que había construido una compañía exitosa. Por otro, el hombre que empezaba a sentirse atraído por una profesión completamente distinta. Hasta que llegó el momento de elegir. Lo que vino después sigue siendo una de las decisiones más valientes de su historia personal. Fernando dejó México para irse a estudiar una maestría a las Islas Canarias.
Contado rápidamente, parece un paso lógico. En realidad no lo era. Significaba alejarse de su entorno, abandonar relaciones profesionales construidas durante años, renunciar a oportunidades concretas y dejar atrás una posición que le había costado una década consolidar. Años después, mucha gente conocería al consultor internacional, al especialista, al conferencista y al promotor de la sostenibilidad. Pocos imaginarían que antes de todo eso hubo un hombre que decidió desmontar la vida que había construido para perseguir una intuición que todavía no podía demostrar.

Las Canarias terminaron siendo mucho más que una etapa académica. Mientras desarrollaba una investigación sobre el impacto sociocultural del turismo en Fuerteventura, Fernando comenzó a observar algo que terminaría acompañándolo durante el resto de su carrera. Durante meses recorrió la isla, entrevistó residentes, empresarios y visitantes, escuchó historias, recopiló testimonios y trató de entender qué estaba ocurriendo en aquel territorio que recibía cada vez más turistas. Lo que encontró fue una contradicción fascinante y profundamente incómoda.
El turismo generaba riqueza. Pero también estaba transformando la identidad de quienes vivían allí.
A principios de los años dos mil, cuando la conversación global todavía giraba principalmente alrededor del crecimiento, la competitividad y el aumento de visitantes, Fernando estaba observando algo diferente. Veía comunidades que comenzaban a cambiar para adaptarse al turismo. Veía culturas locales sometidas a nuevas presiones. Veía beneficios evidentes, pero también preguntas que casi nadie parecía formular.
Aquella investigación llamó la atención de la universidad, que decidió financiar íntegramente el proyecto. Sin embargo, el verdadero valor de aquella experiencia no estuvo en el respaldo académico. Estuvo en la semilla que dejó sembrada. Fernando empezó a preguntarse quién debía beneficiarse realmente del turismo. Y esa pregunta nunca volvió a abandonarlo.
Terminada la maestría, decidió mudarse a Barcelona. Allí comenzó la etapa más difícil de toda su historia profesional. Durante seis meses no encontró trabajo. La realidad se encargó de desmontar rápidamente cualquier romanticismo. Los ahorros disminuían. Las oportunidades no aparecían. Los mensajes desde México eran cada vez más frecuentes. Había quienes le sugerían volver. Otros le recomendaban aceptar cualquier empleo disponible. Después de todo, tenía experiencia empresarial, conocía el mundo de los negocios y podía reconstruir su vida con relativa facilidad. Pero regresar significaba admitir que aquella intuición estaba equivocada. Y Fernando seguía creyendo en ella.
Cuando finalmente llegó una oportunidad en una consultora, el salario era tan bajo que contrastaba brutalmente con la vida que había dejado atrás. El hombre que había dirigido una empresa con decenas de empleados volvía a comenzar desde abajo. No era solamente un ajuste económico. Era un ejercicio de humildad. Con los años hablaría de aquella etapa como uno de los aprendizajes más importantes de su vida. Haber sido empresario le enseñó a dirigir personas. Haber vuelto a ser empleado le enseñó a comprenderlas.
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Descubrió que el liderazgo no consiste en dar instrucciones, sino en entender el trabajo que realizan quienes las reciben. Descubrió que la autoridad se construye mucho más desde el ejemplo que desde la jerarquía. Y descubrió también que algunas de las lecciones más valiosas llegan cuando la vida obliga a abandonar las certezas. El tiempo terminó dándole la razón.
Aquella misma consultora que no podía ofrecerle mejores condiciones lo buscó después para desarrollar un proyecto en Ucrania. Fernando conocía el trabajo, había participado en la propuesta y sabía exactamente cómo ejecutarlo. Lo que parecía un pequeño desvío se convirtió en una oportunidad decisiva. A partir de entonces comenzó a construir una trayectoria internacional que lo llevaría a desarrollar proyectos en distintos países, impartir clases, formar equipos y participar en iniciativas que años después se convertirían en referentes para el sector.
Sin embargo, reducir su historia a una sucesión de logros sería una injusticia. Lo que distingue a Fernando Mandri no es la cantidad de proyectos que ha encabezado ni los foros en los que ha participado. Lo que realmente define su recorrido es una pregunta que ha perseguido durante más de dos décadas: ¿Para quién debe servir el turismo?
La respuesta ha orientado gran parte de su trabajo. Está presente en la creación de Integra Tourism for Good. Está presente en la defensa constante de modelos más equilibrados. Está presente en su convicción de que las comunidades receptoras no pueden ser espectadores de la actividad turística, sino sus principales beneficiarios y protagonistas.

Durante años observó cómo muchos destinos crecían mientras sus habitantes permanecían al margen de los beneficios. Vio comunidades desplazadas. Vio territorios transformados sin participación suficiente de quienes los habitaban. Y comprendió que el verdadero éxito de un destino no podía medirse únicamente en llegadas internacionales, ocupación hotelera o derrama económica. Debía medirse también en calidad de vida.
Esa misma visión lo acompañó cuando, junto a otros colegas, impulsó el Sustainable & Social Tourism Summit. Hoy resulta fácil hablar de sostenibilidad. Hace una década no lo era. Convencer al sector de que la sostenibilidad debía entenderse como una estrategia de desarrollo y no como un simple valor agregado requería persistencia. Mantener vivo ese esfuerzo durante años exigía todavía más.
La pandemia puso a prueba esa convicción. Como ocurrió con miles de proyectos alrededor del mundo, el Summit enfrentó la posibilidad real de detenerse. Sin embargo, decidieron continuar. Adaptaron formatos, buscaron alternativas y siguieron adelante cuando hubiera sido más sencillo cancelar y esperar tiempos mejores. Esa capacidad de resistencia explica buena parte de lo que el encuentro representa hoy para la industria.

Fernando suele conversar con estudiantes y jóvenes profesionales. Cuando lo hace, insiste en una idea sencilla que resume gran parte de su recorrido: hagan las cosas mejor que nosotros. Aprendan de nuestros errores. Construyan un turismo más justo, más equitativo y más preparado para el futuro.
Quizá esa invitación tiene una fuerza especial porque no proviene de alguien que recorrió un camino lineal. Proviene de una persona que entendió muy temprano que el crecimiento profesional no siempre consiste en acumular certezas. A veces consiste en abandonarlas.
Por eso, cuando se observa su trayectoria completa, la imagen más reveladora no es la del consultor internacional, ni la del conferencista, ni la del impulsor de proyectos que hoy influyen en la conversación turística. La imagen que mejor explica a Fernando Mandri sigue estando muchos años atrás, en el momento exacto en que decidió dejar una vida que funcionaba para perseguir una pregunta que todavía no tenía respuesta. Todo lo demás vino después.
Y quizás por eso su historia sigue resonando con tanta fuerza en una industria que constantemente habla de transformación. Porque antes de promover cambios en destinos, organizaciones o comunidades, Fernando aceptó el desafío más difícil de todos: transformarse a sí mismo.

