Fidel Ovando: El hombre que encontró en el turismo una causa

Fotomontaje de Fidel Ovando en distintos momentos de su trayectoria, acompañado por el símbolo del Ángel del Turismo, reconocimiento emblemático de la industria turística mexicana

Desde una infancia marcada por la distancia, el esfuerzo y los libros, hasta convertirse en una de las voces más influyentes del sector, Fidel Ovando ha hecho del turismo mucho más que una profesión: una convicción de vida.

Hay trayectorias que nacen en oficinas corporativas y otras que comienzan caminando kilómetros bajo la lluvia para llegar a una escuela rural. La historia de Fidel Ovando pertenece a estas últimas; a las que se forjan antes del reconocimiento, antes de los reflectores, antes incluso de imaginar que algún día sostendrían entre sus manos uno de los símbolos más importantes del turismo mexicano. Su relato no empieza en una sala de juntas ni en un gran hotel. Empieza en una comunidad pesquera de apenas 25 o 30 casas, donde la escuela primaria más cercana quedaba a siete kilómetros de distancia y donde la secundaria implicaba recorrer quince kilómetros en bicicleta, bajo el sol inclemente o bajo la lluvia, con esa disciplina silenciosa que suele distinguir a quienes, mucho antes de saberlo, ya venían construyendo carácter.

En aquella casa humilde hubo un lujo que no siempre cabe en las estadísticas del desarrollo: los libros. Su padre, un hombre que estudió poco, pero que entendió profundamente el valor del conocimiento, invertía buena parte del escaso dinero extra en llenar de páginas un hogar donde la imaginación tenía permiso de volar lejos. Entre aquellas lecturas estaban El éxodo de Moisés y Los viajes de Gulliver. No eran solamente historias. Eran ventanas. Eran mapas invisibles para un niño que comenzó a soñar con otros horizontes mucho antes de conocerlos. Ahí, quizás sin saberlo, empezó a sembrarse la semilla de una vida dedicada a conectar personas con destinos, sueños con caminos, vocación con industria.

Su llegada al turismo tampoco obedeció a un plan milimétrico. Como ocurre con muchas historias verdaderas, entró casi por casualidad. Era estudiante. Necesitaba solventar gastos, mantenerse, abrirse paso. Soñaba con convertirse en ingeniero en computación, la carrera del futuro para aquella época, recuerda con una sonrisa que todavía conserva algo de aquel joven que miraba al mundo con curiosidad. Pero el turismo, ese oficio que suele atrapar a quienes entienden su naturaleza profundamente humana, hizo lo suyo. Fidel pasó por cada rincón del engranaje: auxiliar contable, facturación, reservas, operaciones, ventas, gerencia, dirección. No hubo escritorio que no conociera ni tarea que despreciara. Aprendió la industria desde abajo, desde la operación diaria, desde el detalle pequeño que sostiene la gran experiencia, desde la realidad que pocas veces aparece en los discursos grandilocuentes. Y cuando quiso mirar atrás, ya no había otra ruta posible. El turismo había hecho mella. El turismo ya era destino.

Fidel Ovando, impulsor de un reconocimiento que hoy honra a la excelencia turística

Durante quince años vivió enfocado en la tour operación emisiva, diseñando programas para que los mexicanos viajaran al extranjero. Paradójicamente, conocía más allá de las fronteras que dentro de su propio país. Hasta que en 2005 ocurrió el giro que redefinió su mirada. Junto a dos socios abrió una empresa de turismo receptivo. Y entonces entendió algo que no se aprende en manuales ni en conferencias: el turismo no es únicamente una industria de desplazamientos; es una fuerza transformadora que toca economías, comunidades y dignidades.

Fue ahí donde nació una frase que hoy resume buena parte de su pensamiento y que merece quedarse resonando en la industria: “El turismo es el motor económico más democrático que existe.” No lo dice desde la teoría. Lo dice desde la observación de quien entendió que mientras otros sectores concentran riqueza, el turismo deja pequeñas y grandes huellas de bienestar a su paso: en el pequeño restaurante, en el taxista que conoce cada calle como un mapa emocional, en el artesano que convierte identidad en sustento, en el bell boy que sonríe con orgullo profesional, en el bartender que cuenta historias entre tragos, en la camarera que cuida la experiencia invisible del huésped. Una gota aquí, otra allá, miles de pequeñas corrientes que juntas sostienen destinos enteros.

Hay historias que explican cómo una industria se construye, quiénes la sostienen y qué valores la mueven. Panorama Turístico abre este espacio para escuchar esas voces. Porque detrás de cada destino, de cada proyecto y de cada reconocimiento, hay trayectorias que han hecho industria.

Quizá por eso, cuando habla de liderazgo, Fidel no habla de posiciones ni de aplausos. Habla de trascendencia. Habla de descubrir, dentro del servicio público o privado, una manera de dejar huella más allá del ingreso personal. Desde su mirada, quienes verdaderamente transforman industria comparten ciertos rasgos: comprensión profunda del sector, compromiso con el éxito propio y con el de su entorno, y una combinación casi obstinada de trabajo y resiliencia. Mucho trabajo. Mucha resiliencia. Más trabajo. Más resiliencia. En una frase profundamente honesta, con ese humor que baja la solemnidad pero eleva la verdad, lo resume así: “El turismo es vida de champagne, pero sueldo de cerveza.” Ahí está condensada la paradoja de una industria fascinante y exigente, glamorosa desde afuera, intensamente sacrificada desde dentro.

Cuando decidió impulsar el Ángel del Turismo, no construyó solamente un reconocimiento. Construyó un espejo para la industria. Un espacio donde el mérito pudiera observarse con seriedad, con metodología, con legitimidad, con una mirada amplia e incluyente. Alcanzar diez ediciones no fue un trámite ceremonial; fue un acto de resistencia. Después de la pandemia, recuperar el proyecto implicó enfrentar desafíos económicos, reconstruir credibilidad y volver a convencer a un sector golpeado de que reconocer la excelencia seguía importando. Fidel lo consiguió acompañado de una convicción profunda: nadie llega solo. Esa filosofía, sencilla pero poderosa, atraviesa su historia personal y profesional. Buscar alianzas, tocar puertas, insistir incluso cuando nadie parece mirar, sostener una idea con honestidad hasta que otros puedan verla también. Esa ha sido parte de su fórmula silenciosa.

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Pero sería injusto retratarlo únicamente desde la celebración. Hay en Fidel una voz crítica, lúcida, incómoda cuando hace falta. Habla de la urgencia de profesionalizar al sector, de mirar más al mundo y menos al espejo propio, de dejar la autocomplacencia. Señala, sin maquillaje, a quienes desde representaciones gremiales prefieren la fotografía protocolaria al verdadero trabajo de negociación y defensa del turismo. No hay amargura en esa crítica; hay preocupación genuina. Hay amor por una industria que sabe inmensa, pero que también sabe capaz de mucho más.

Quizá por eso su historia conmueve. Porque no está hecha de poses. Está hecha de kilómetros caminados, de libros heredados, de oportunidades tomadas casi por accidente, de visión construida con años, de una intuición convertida en propósito. Fidel Ovando no habla del turismo como quien describe un negocio. Habla como quien ha visto en él una herramienta real de transformación social, una escuela de vida y un vehículo capaz de cambiar destinos enteros, empezando por el propio. Y en el fondo, mientras recuerda aquella infancia en una pequeña comunidad pesquera, mientras evoca a su padre leyendo y comprando libros, mientras mira el presente de un Ángel del Turismo consolidado y sueña con una futura academia o incluso un salón de la fama para honrar a quienes han marcado época, hay una certeza silenciosa que acompaña toda su trayectoria: algunos hombres encuentran una profesión; otros encuentran una causa. Fidel encontró ambas en el mismo camino.

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