La décima edición del Sustainable & Social Tourism Summit puso frente a frente dos maneras de entender el éxito turístico. Una sigue mirando llegadas, pasajeros, ocupación, pernoctaciones, conectividad, inversión y derrama económica. La otra empieza a preguntar qué ocurre después de que esos números crecen: cuánto valor permanece en los territorios, qué calidad tienen los empleos, qué sucede con el agua y los ecosistemas, qué oportunidades reciben las comunidades y si la actividad mejora realmente la vida de quienes habitan los destinos.
Durante tres días, esa tensión atravesó buena parte de las conversaciones realizadas del 31 de agosto al 2 de septiembre en el Camino Real Polanco de la Ciudad de México. Entre las múltiples conferencias, talleres, paneles y presentaciones de esta décima edición, varias coincidieron en una misma pregunta: cómo hacer que el turismo crezca sin perder de vista su impacto en las comunidades, los territorios y la calidad de vida. Tecnología, innovación e inteligencia artificial fueron el eje declarado del encuentro, pero el programa terminó conectándolas con turismo comunitario, inclusión social, financiamiento, modelos regenerativos, políticas públicas y nuevas formas de gestionar los destinos..
“No confundamos crecimiento turístico con desarrollo turístico. No son lo mismo.” — Fernando Mandri
La frase de Fernando Mandri Bellot, presidente del Sustainable & Social Tourism Summit, apareció durante la inauguración y terminó funcionando como una clave de lectura para todo el encuentro.
Cumplir diez ediciones, planteó Mandri, ofrecía la oportunidad de revisar el camino recorrido, pero también de preguntarse qué turismo se quiere construir durante la siguiente década. El contexto ha cambiado: emergencia climática, estrés hídrico, pérdida de biodiversidad, desigualdad, conflictos por el territorio y saturación de destinos forman parte del escenario en el que hoy deben decidir gobiernos y empresas.
Mandri llevó después la discusión directamente a los indicadores. Crecimiento puede significar más llegadas, más habitaciones ocupadas, más pasajeros y mayor derrama. Desarrollo exige observar también oportunidades, calidad del empleo, empresas locales capaces de prosperar, participación de mujeres y jóvenes, comunidades que permanecen en sus territorios, ecosistemas que se conservan y patrimonio que no desaparece. De ahí surgió otra pregunta difícil de eludir: ¿qué deja realmente el turismo en el lugar que visita?
Puede dejar infraestructura, capacidades, oportunidades, mejores empleos y cultura fortalecida. También puede traducirse en presión sobre el agua, residuos, congestión y aumento de precios. Ambas cosas pueden ocurrir mientras las estadísticas tradicionales siguen mostrando crecimiento.

La secretaria de Turismo de México, Josefina Rodríguez Zamora, conectó esa discusión con la acción gubernamental. En su intervención inaugural señaló al turismo comunitario como uno de los ejes de la política turística federal y utilizó una expresión que ayuda a entender el objetivo: prosperidad compartida. Desde esa perspectiva, lo aprendido en espacios como el Summit tendría que regresar con funcionarios y empresarios a sus ámbitos de decisión y convertirse en acciones concretas.
Esa necesidad de aterrizar la sostenibilidad apareció después en diferentes escalas. Una de ellas fue la ruta 2026-2030 de Política de Turismo Sostenible de México, construida desde ASETUR con la participación de las 32 entidades federativas. Su intención es trascender administraciones y responder a las distintas realidades del país mediante una articulación entre turismo, medio ambiente y desarrollo económico. El verdadero examen vendrá cuando esa coordinación pueda expresarse en decisiones, presupuestos, indicadores y resultados territoriales.
Morelos mostró otra ruta. Daniel Altafi Valladares, secretario de Turismo del estado, presentó junto con María Fernanda Gaxiola Camacho, Margarita Torres Aragón y Enrique González un modelo sustentado en dimensiones ambientales, socioculturales, económicas e institucionales. El bloque culminó con la adhesión de Morelos a la Glasgow Declaration on Climate Action in Tourism, incorporando compromisos internacionales a una estrategia que pretende avanzar hacia un turismo regenerativo.

En Chiapas, la reflexión se concentró en la relación entre turismo, territorio y comunidades. Durante la presentación encabezada por el secretario de Turismo, Segundo Guillén Gordillo, apareció una formulación especialmente reveladora: comunidades dueñas, no empleadas; aliados, no clientes. Bajo esa lógica, los resultados pueden empezar a medirse también en hectáreas conservadas, familias beneficiadas y valor económico que permanece en el territorio.

El caso de Bonito, Brasil, expuesto por Bruno Wendling, de la Fundación de Turismo de Mato Grosso do Sul, mostró el otro extremo del problema: qué hacer cuando el éxito en atraer visitantes obliga a administrar cuidadosamente la afluencia. Capacidad de carga, control de visitantes y conservación se vuelven entonces condiciones necesarias para preservar los recursos que sostienen la propia experiencia turística.
La Ciudad de México aportó la perspectiva de una gran metrópoli. Carlos Martínez Velázquez, director general del Fondo Mixto de Promoción Turística, presentó entre otros datos una recaudación de 655.8 millones de pesos por Impuesto Sobre Hospedaje entre enero y julio de 2026, 14.5 por ciento más que en el mismo periodo del año anterior. Junto con ese crecimiento aparecieron asuntos como inclusión, eventos sustentables y la necesidad de que la actividad turística produzca beneficios para la ciudad que la recibe.
Colibrí Viajero llevó esa idea al terreno cotidiano. Sonia Espadas Macías, directora de Atención y Apoyo al Turista de la Secretaría de Turismo de la Ciudad de México, presentó un programa con 64 rutas activas, 90 recintos aliados y más de 652 mil participantes durante 2025. El punto de partida resulta sencillo: una ciudad que recibe turistas también debería abrir oportunidades para que sus propios habitantes accedan a experiencias turísticas, culturales y recreativas.
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Las comunidades volvieron a ocupar el centro en la participación de Jordi Tresserras, dedicada al turismo comunitario 3.0 y los desafíos de la innovación digital en Iberoamérica. Comunidad, cultura y co-creación aparecieron como elementos inseparables de cualquier proceso tecnológico que pretenda fortalecer territorios sin desplazar de ellos a quienes los habitan.
La inteligencia artificial, de hecho, tuvo una presencia constante durante el Summit, aunque varias de las discusiones terminaron conduciendo hacia algo menos tecnológico y mucho más humano.
En el panel “Innovación en acción”, Fernando Mandri reunió a Lourdes “Malula” Prieto, Gema Sacristán y Teresa Solís alrededor de la capacidad de la tecnología para cerrar brechas de sustentabilidad. El interés dejó de concentrarse exclusivamente en lo que las herramientas pueden hacer y comenzó a desplazarse hacia los problemas que vale la pena resolver con ellas.

El taller de Nancy Estens, fundadora y CEO de Smarter Humans, llevó esa conversación directamente a la operación empresarial: marketing, ventas, atención al cliente, operación, reputación y sostenibilidad. Agentes capaces de ejecutar tareas, automatización y robótica fueron presentados como decisiones que empiezan a exigir estrategia dentro de las empresas turísticas.
Diego Halffter, presidente de Nyvia México, resumió una de las paradojas del encuentro desde el propio título de su conferencia: “El próximo destino es humano”. La industria puede utilizar algoritmos para conocer mejor al viajero, optimizar recursos o personalizar experiencias. La ventaja, sin embargo, difícilmente estará en incorporar inteligencia artificial por sí misma, sino en saber qué experiencia humana se quiere mejorar.
En el sector hotelero, algunas respuestas resultaron mucho menos espectaculares y quizá por ello más reveladoras. Reducción de productos de un solo uso, sustitución de amenidades, eliminación de plásticos, estaciones de agua y modificaciones en procesos cotidianos mostraron cómo una decisión aparentemente menor puede adquirir otra dimensión cuando se multiplica por miles de huéspedes, habitaciones y jornadas de operación.
La sostenibilidad adquiere sentido cuando entra en la operación. También cuando puede mostrar resultados. La quinta edición del Premio al Turismo Sostenible y Social en Iberoamérica reconoció proyectos procedentes de investigación académica, sociedad civil, MIPYMES, grandes empresas, sector público y destinos. Entre las iniciativas distinguidas estuvieron la Eco-ruta Tortuga de Panamá; Las Estacas, en Morelos; la restauración integral de arrecifes en el Presidente InterContinental Cozumel; el Programa Estratégico Nacional Transforma Turismo de Chile; y Arenal-La Fortuna, Costa Rica.
La variedad de esos proyectos permite observar hasta dónde se ha ampliado el concepto. Conservación, inclusión, restauración, investigación, políticas públicas, turismo comunitario y fortalecimiento de destinos conviven dentro de una misma conversación porque la sostenibilidad empieza a atravesar decisiones que antes podían analizarse por separado. El Premio busca precisamente visibilizar iniciativas con resultados concretos en ámbitos como conservación, desarrollo comunitario, accesibilidad, adaptación climática y fortalecimiento de los destinos.

La última conferencia magistral correspondió a Céline Cousteau, con “Hacia dónde vamos: un nuevo turismo para un nuevo mundo”. Después de tres días dedicados a comunidades, política pública, inteligencia artificial, conservación, financiamiento y modelos empresariales, el título terminó dialogando con prácticamente todo lo ocurrido: hacia dónde se dirige el turismo depende también de aquello que decida medir, proteger y transformar.
La décima edición reservó además un espacio para reconocer a quienes han acompañado la construcción del encuentro, entre ellos Ligia Miranda, Alberto López y Verónica Gómez, representantes de organismos internacionales relacionados con la cooperación turística regional. Desde 2017, el Summit ha formado una comunidad internacional alrededor de soluciones orientadas a transformar al turismo en una fuerza de impacto positivo.

La dimensión alcanzada por esta décima edición también ayuda a explicar esa evolución. De acuerdo con Fernando Mandri, el encuentro reunió a más de 340 asistentes procedentes de 16 países y contó con representación de 24 estados de la República, además de la presencia de la secretaria de Turismo federal, ocho secretarios estatales y autoridades de alto nivel de América Latina. Para Mandri, esa convocatoria confirma al Summit como una plataforma de conexión entre quienes ya están implementando un nuevo modelo turístico.
Antes de concluir, Fernando Mandri anunció el siguiente destino del encuentro: San Salvador, El Salvador, será sede de la undécima edición del Sustainable & Social Tourism Summit, del 18 al 20 de mayo de 2027.
El anuncio extiende hacia Centroamérica la trayectoria de un evento nacido en México y refuerza su dimensión latinoamericana. También garantiza que la discusión continuará trasladándose entre territorios con realidades distintas, enfrentados a una pregunta común que difícilmente admite una respuesta única.
El turismo seguirá contando llegadas, ocupación, pasajeros y derrama económica. Necesita hacerlo. Pero después de diez ediciones del Sustainable & Social Tourism Summit, una segunda cuenta empieza a resultar igual de necesaria: cuánto territorio se conserva, cuántas oportunidades se crean, qué comunidades prosperan y qué calidad de vida deja la actividad detrás de cada visitante.
Crecer sigue siendo una buena noticia.
Saber qué estamos transformando con ese crecimiento empieza a decirnos mucho más.





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