La nueva Junta Directiva de MPI Colombia apuesta por certificación, mentoría estructurada e incidencia pública para consolidar el liderazgo del país en Latinoamérica.
La industria de reuniones en América Latina ya no está en etapa de recuperación. Está en etapa de redefinición. Y cuando una asociación decide reorganizar su estructura en medio de ese contexto, no está ajustando nombres: está tomando posición.
Eso es lo que acaba de hacer MPI Capítulo Colombia al anunciar su nueva Junta Directiva 2026, encabezada por Luis Gutiérrez. Más que un relevo institucional, el movimiento revela una intención clara: convertir al capítulo en un actor técnico, articulador y con influencia real dentro del ecosistema MICE colombiano y, por extensión, regional.
La narrativa de esta nueva etapa no gira en torno a cargos. Gira en torno a estándares.
Mientras buena parte del sector latinoamericano aún habla de profesionalización como aspiración, Colombia ha decidido ponerle cronograma, presupuesto y métricas. El plan para desplegar la certificación CMP desde la plataforma del capítulo no es un gesto simbólico; es una apuesta estructurada que comenzará con un piloto de tres a seis meses para medir impacto y ajustar ejecución antes de escalar. Jornadas informativas, cursos acreditados en español, cohortes con mentoría organizada, becas regionales para PYMEs, alianzas con universidades y un objetivo claro: incrementar de manera tangible el número de profesionales certificados en un periodo de doce meses. La profesionalización deja de ser discurso y se convierte en proceso medible.

En una región donde la competitividad suele presumirse desde la infraestructura, Colombia parece apostar por algo menos visible pero más determinante: capital humano certificado que respalde su narrativa internacional.
Y ese movimiento no ocurre en el vacío.
Latinoamérica vive una competencia silenciosa por liderazgo MICE. México y Brasil dominan por escala y tradición. Otros mercados emergen con agresivas estrategias de promoción. En ese tablero, Colombia no busca replicar modelos ajenos, sino consolidar una identidad complementaria: experiencias con sello cultural propio, servicios integrales a lo largo de la cadena de valor y una infraestructura que ha venido creciendo al ritmo de su ambición.
La pregunta regional ya no es quién organiza más eventos, sino quién está construyendo estándares que puedan sostener crecimiento sostenido.
Pero ningún ecosistema evoluciona solo desde la empresa privada. Aquí aparece otro eje estratégico de la nueva Junta: incidencia pública con base técnica. Mesas multisectoriales, diálogo con el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, articulación con ProColombia, construcción de estudios de impacto económico y propuestas concretas respaldadas por evidencia. La intención es clara: que el MICE deje de ser un invitado ocasional en la conversación gubernamental y se convierta en interlocutor estructural de política pública.
En América Latina, no todos los capítulos gremiales han logrado ese nivel de interlocución. Si MPI Colombia consolida ese posicionamiento técnico, no solo fortalecerá su entorno local; estará elevando el estándar de lo que un capítulo puede —y debe— representar en la región.

Y en medio de esta arquitectura institucional, el liderazgo de Luis Gutiérrez «Guti» se entiende más como facilitador de sistema que como figura individual. Cuando habla de mentoría estructurada, no se refiere únicamente a formación académica; habla de conectar empresarios con aulas, de transferir experiencia real, de asegurar que el talento joven no observe la industria desde fuera, sino que se integre a ella con oportunidades concretas. El indicador de éxito no será un discurso bien recibido, sino la incorporación efectiva de nuevas generaciones al ecosistema MICE colombiano.
Eso es construir industria.
Lo que ocurra en Colombia durante este periodo no será irrelevante para sus vecinos. En un mercado donde las fronteras operativas son cada vez más porosas y los congresos comparan destinos con lupa técnica, la consolidación medible de un capítulo nacional envía un mensaje a toda la comunidad MPI en América Latina: la competitividad ya no es narrativa, es estructura.
Si la estrategia logra traducirse en certificaciones reales, incidencia pública sostenida y un relevo generacional integrado al negocio, Colombia no solo fortalecerá su ecosistema. Pondrá sobre la mesa una pregunta incómoda para la región: ¿quién más está dispuesto a profesionalizarse con métricas, plazos y responsabilidad compartida?
