Por Irene Muñoz
El reciente anuncio de la estrategia Avanzamos por México, impulsada por la Secretaría de Turismo (Sectur) en alianza con BBVA, presume una serie de acciones para detonar el turismo nacional y posicionar a México entre los cinco destinos más visitados del mundo. A primera vista, suena bien: financiamiento, digitalización, promociones bancarias, campañas de difusión y educación financiera. Sin embargo, al mirar con lupa lo que realmente implica —y lo que no— esta iniciativa, es inevitable preguntarse si estamos frente a una solución estructural o simplemente frente a otra campaña publicitaria que maquilla problemas profundos con buenas intenciones y pantallas LED.
Es cierto que algunos componentes de esta alianza tienen potencial real, acercar la bancarización a las comunidades turísticas puede facilitar transacciones, reducir la informalidad y mejorar el acceso a créditos. También es positivo que se incentive la digitalización de las pequeñas y medianas empresas del sector turístico, muchas de las cuales siguen operando con herramientas precarias en un mundo cada vez más conectado.
Los beneficios para tarjetahabientes, como meses sin intereses o recompensas, pueden reactivar en cierta medida el consumo turístico, especialmente en un entorno económico marcado por la desaceleración. Y sí, promover la marca México y los Pueblos Mágicos desde los cajeros automáticos hasta las pantallas digitales del banco puede ayudar en términos de visibilidad, aunque en este punto se sigue promocionando a México solo para consumo interno y nada internacional, que es lo que realmente generaría un ascenso en la posición como país destino.

Pero el verdadero desafío no está en poner más pantallas o en repartir terminales punto de venta. El verdadero reto está en transformar estructuralmente las condiciones del turismo comunitario, que desde hace décadas ha sido relegado a la informalidad, a la dependencia de temporadas altas y a la invisibilidad institucional.
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La estrategia parece ignorar primero, que el problema del turismo comunitario no es solo tecnológico, sino social, político y cultural. Las comunidades que viven del turismo lo hacen muchas veces sin certeza jurídica sobre sus tierras, sin infraestructura básica (carreteras, drenaje, internet) y sin garantías de que sus tradiciones serán respetadas o que sus beneficios serán proporcionales a los sacrificios que hacen por atraer visitantes. Darles una terminal bancaria no resuelve esto.
El segundo punto es que no hay una sola mención concreta sobre cómo se garantizará que el crédito llegue realmente a los emprendedores locales y no se concentre en intermediarios o proyectos de “turismo de escritorio” diseñados desde oficinas urbanas. El financiamiento sin una estrategia de acompañamiento técnico, cultural y legal es como darles un coche sin enseñarles a manejar.

Un tercer punto es que se sigue confundiendo la promoción turística con desarrollo, y son dos cosas que se complementan pero no tienen realmente que ver. Poner el logo de “Pueblos Mágicos” en una pantalla no hace mágico a un pueblo. Tampoco lo hace sostenible, justo, ni resiliente. Hace falta inversión en capacitación, en fortalecimiento institucional local y en diseño de experiencias turísticas auténticas que no conviertan las comunidades en parques temáticos del folclor nacional.
En un cuarto punto vemos que la estrategia tampoco enfrenta el elefante en la sala: la falta de gobernanza turística real. ¿Quién decide qué comunidades se integran? ¿Quién supervisa el impacto social y ambiental de estas nuevas dinámicas digitales y bancarias? ¿Quién mide si estas acciones realmente están distribuyendo riqueza o generando nuevas formas de desigualdad?
México no necesita más campañas con nombres inspiracionales y fotos de funcionarios en foros. Necesita un rediseño profundo de su modelo turístico, que ponga en el centro a las personas y no solo a las marcas. La alianza con BBVA puede ser un primer paso hacia la modernización, pero de poco servirá si no viene acompañada de una política pública robusta, con mecanismos claros de rendición de cuentas y, sobre todo, con una escucha activa a las voces de quienes viven del turismo desde hace décadas sin ver los frutos prometidos.
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